Summer is here: Chocolate chip cookies.

Después de mucho esperar y de mucho vestir con la misma ropa, días y días, nuestro equipaje llegó desde Polonia. Usamos, por consejo de Clara, la web de sinmaletas.com. No fue caro, de hecho fue mucho más barato que facturar con nuestro vuelo Ryanair (mientras más equipaje mandes más barato es). Aún así, tardó más de lo esperado y más de lo acordado. No importa, llegó sano y salvo.

Que llegue el equipaje significa que llega Rimi, mi querida bicicleta. Alemana comprada en Kraków. Ya la he estrenado, y después de casi 12 km ida-vuelta a la playa, he sido indulgente: he hecho muchas galletas y haré muchas más mañana.Y he comido MUCHAS.

El primer intento fue una tragedia: salió una galleta monstruosa, enorme, que yo corté en pequeñas galletitas que sabían horrible. Se quemaron, además. Yo le eché la culpa a la mantequilla. Hoy adapté una receta de Joy of Baking, y no han salido mal.

Mi familia sigue viva sin rastros de envenenamiento y hay masa en la nevera, para seguir horneando y comiendo mañana.

Chocolate chip cookies.

Ingredientes:

-3/4 taza de mantequilla.

-1 taza de azúcar blanco.

-1 taza de azúcar moreno.

-2 huevos.

-1 1/2 cucharada de extracto de vainilla.

-2 1/4 tazas de harina de repostería.

-1 cucharada de bicarbonato sódico.

-Chocolate chips, cuantas más mejor.

Cómo hacerlas:

Derretir la tacita de mantequilla. Este paso es indispensable, porque aunque lleve mucho tiempo fuera de la nevera y parezca manejable, no lo estará, y los ingredientes no mezclarán bien.

Una vez líquida la mantequilla, añadir las dos tazas de azúcar y mezclar. Con batidora eléctrica o a mano. Yo lo he hecho de las dos formas y aún no encuentro la diferencia.

Añadir los huevos, uno a uno. Mezclar bien. Añadir el extracto de vainilla. YUMMY.

Probar un poquito de la mezcla. Just for fun y para ver lo dulce que sabe y lo rico que va a salir.

En un recipiente aparte, tamizar la harina y mezclarla con el bicarbonato. Añadir por partes a la mezcla líquida y remover bien, hata que la masa esté compacta y sin grumos.

Poco a poco y con cuidado agregar los trocitos de chocolate. YUMMY.

Precalentar el horno a 190ºC, esperar diez minutos y mientras tanto poner sobre una bandeja pequeños círculos de masa. Muy pequeños, la masa crecerá y depende de lo que se quiera hay que tener cuidado con el tamaño.

Hornear, vigilando las galletas, durante 10-12 minutos, o dependiendo del horno hasta que queden un poco doradas. Sólo un poco. Al salir, no importa que estén blandas, mientras vayan enfriando endurecerán.

Comer las galletas con leche, helado, cereales, LO QUE SEA. YUMMY.

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My experience with Klaudiusz.

Aunque tenga exámenes, el pelo y las uñas siguen creciendo. Y hay que cortarlos. Es un hecho. Si en cualquier momento puedo usar el cortauñas, en cualquier momento alguien tendrá que usar una tijera por mí.

Hace poco más de un mes llegamos de nuestro viaje por los países Bálticos y también teníamos el pelo bastante largo. Fer y yo salimos descontentos de nuestra experiencia en la peluquería (yo, la primera vez que iba aquí). Ni siquiera lo noté, Fer parecía salido de Lluvia de Estrellas, pero yo estaba igual, solo que horriblemente peinada. Después de gastar el dinero en balde, pedí consejo a mi colega Janek. Ok, quizás no es el más acertado, su peinado es igual al de Michael Pitt en Boardwalk Empire, pero reconozco que siento debilidad por Janek, le tengo mucho cariño, simpatía y me gusta muchísimo su estilo. Me fié de él.

Un hombre guapo.

Un hombre guapo.

La cita la concerté por teléfono. La pedí expresamente con Klaudiusz (pronunciado Claudiush). Janek me había advertido que trabajaban otros dos o tres peluqueros además de él, y que debía de ser específica. Lo fui, no me ando con tonterías. Y el día llegó.

Estaba nerviosa y de camino a la peluquería pensaba muchas cosas. Que no estaba convencida, cómo sería Klaudiusz(shh), cómo iba a explicarme. El sitio es fácilmente ubicable, en la ruidosa y concurridísima ul. Florianska; es un precioso ático. Cómodo, luminoso, decorado con un buen gusto increíble (ahora que tengo este peinado artístico puedo permitirme comentar esta clase de cosas). Me confundí de entrada en el portal, y por casualidad, como una pequeña señal, volví a ver a un hombre que pensé que no iba a ver jamás de nuevo. La primera vez lo vi de noche, en la calle, por casualidad, y me pareció igual a un gran amor que tuve una vez. Pensé en él durante días, eran iguales. Yo también debí de recordarle a alguien porque nos saludamos con la mano y nos sonreímos. Pensé: “si éste es Klaudiusz, y en vez de estar cortando pelos a diestro y siniestro está moviendo sofás en un patio, salgo corriendo“. Claro que no era mi peluquero.

La situación en el ático fue bastante simpática, particular. El estilista me estaba esperando, y mi traductor también. OJO, tuve un traductor TODO EL TIEMPO, con el que hablé de mi intercambio aquí, de mi barrio Kazimierz, de su trabajo. Evidentemente, como se comprobó después y como bien apuntó mi madre por Skype, su interpretación de mi inglés fue bastante libre. Me trajeron un Sprite y tuvimos una conversación (el traductor y Klaudiusz con un café) sobre mi corte de pelo. Me sorprendió que adivinase que justo hacía un mes me había cortado el pelo. Después de lavarlo, empezó el desastre.

Tengo que decir algo: Klaudiusz es un hombre increíblemente carismático y guapo. Eso explica porqué hizo lo que le dio la gana con mi pelo. Es de esas personas que cuando te dan la mano casi te la arrancan, porque la estrechan muy fuerte. Eso me fascina.

Recogió la parte superior de mi pelo, y de repente, como si fuese lo más natural del mundo, con la parte de abajo hizo TRASH. Y quedé como un niño. Los ojos se me abrieron más de lo normal, se me humedecieron, levanté las manos y le dije muy bajito: not so short, prroooszzeee…Él dio un discurso en polaco, y la traducción me gustó. Explicó porqué tan corto, y luego explicó también: “Nunca pidas nada a un peluquero como un favor. Tú estás pagando, y tienes que decir claramente lo que quieres, como una orden. Sé seria“. Eso me gustó, cerré los ojos y terminó de hacer lo que quiso con mi pelo.

Durante toda la “sesión”, varias personas, clientes y peluqueros, pasaban y admiraban el “trabajo” de Klaudiusz. Yo mientras tanto pasaba por varias fases: risa nerviosa (que ellos no entendían), resignación, odio, autoaceptación, construcción de un plan B, desesperación. Finalmente, después de peinarme exactamente igual a Madonna en los 80, me pidió que por favor me levantase. QUÉ CRUZ, pensé. AHORA QUÉ.

Madonna era cool. El problema es que yo no soy ella, y ahora son los 2000, no los 80.

Nos pusimos de pie frente a un espejo enorme, y me hizo verme desde todos los ángulos posibles. Con su bonito acento, me convenció acerca del corte y de los posibles peinados. Nos despedimos, le di las gracias y no me fui tan horrorizada. Volví a ver al hombre misterioso. Esta vez me tapé el pelo con la mano. Sé que puede quedar un poco estúpido hacer eso, pero hay que verlo así: ESTABA PEINADA COMO MADONNA.

Tuve que cruzar toda la ciudad hasta casa. En un día soleado, con turistas, con la posibilidad de encontrarme a alguien con ese disfraz de pelo en mi cabeza. Y con esa cara de injusticia que llevaba. Y con la sensación de que todo el mundo me miraba y pensaba: POBRE, CON ESTAS TORMENTAS Y ESTA HUMEDAD EL PELO SE LE ENCRESPA. Pues no, no es la humedad, es Klaudiusz. Entré a una tienda, dispuesta a comprar media estantería de productos para el pelo. La dependienta, al pagar, me preguntó: –Quieres una bolsa? Yo la miré. No sabía si contestarle No, gracias, llevo bolso grande, o mucho más acertado, SÍ, QUIERO UNA BOLSA PARA TAPARME LA CABEZA HASTA LLEGAR A MI CASA.

Mientras tanto, repito como un mantra: EL PELO CRECE.

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ALL OUR KIN. Things we should learn.

[Picking through piles of clothing at the local Goodwill or at the Salvation Army store was another frustrating job made even more difficult without a car. Toward the end of summer many of the women and their children in The Flats began to make daily trips to these second-hand stores (…) to pick out enough clothes for all of their children to begin school. (…) They seemed enthusiastic when they found a piece of clothing that would fit someone, but I gained more insight into their real attitude toward these ventures one afternoon when a woman I knew well, Ophelia, asked me to take her eleven-year-old son to Goodwill because ‘he didn’t have a shirt to cover his back’. She told us to buy three shirts. Sam and I walked to the store and began the search. We found five shirts his size. Same seemed pleased. I told him to pick out the three shirts he liked best. He shook his head and said, ‘Caroline, to tell the truth, I don’t like any of them. You pick out three and then let’s go show Mama that we got the job done’. Sam’s response was a mature, resigned response to the necessities of life].

Extracto del libro que leo, All our Kin, de Carol Stack.

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Estos días calurosos.

Estos días estoy tan ocupada que no escribo, o escribo en el otro blog, o procrastino haciéndome portfolios online o mandando solicitudes de empleo para trabajos de verano. Pero realmente, honestamente, estoy ocupada. Los exámenes ya han llegado a la ciudad.

En mis momentos de procrastinación uso el Tumblr: http://bonitapietila.tumblr.com  A veces son imágenes aleatorias, o que me hacen reír mucho cuando las veo en las webs, pero otras realmente reflejan mi estado de ánimo. Normalmente en ésas escribo un poco, para que mis amigos las lean y las asocien y sepan que pienso en ellos y los extraño. O más situaciones parecidas.

Estoy en Rajska, mi biblioteca favorita. Voy a seguir escribiendo.

 

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Vilnius, what can I say about you?

Antes de empezar, definiré un nuevo concepto surgido después de nuestra visita a la capital lituana. Digno de Vilnius: dícese de aquello tan desagradable a la vista que merece estar en Vilnius como parte de la arquitectura para ser observado. (También aplicable a personas).

Llegamos a Vilnius cambiando los relojes, era una hora más. Bien, era temprano, así que por lo menos no era TAN temprano. Conseguimos litas, moneda lituana (en apariencia muy parecida a la letona) y desayunamos. Habíamos aprendido a decir “buenos días”, y lo pusimos en práctica. Suena a algo así como: la-bas-ri-tas. Fer, la primera vez, además de decir la-bas-ri-tas, hizo una inclinación con las manos juntas como si estuviese haciendo una ofrenda o rezando, y a mí me hizo tanta gracia que no fui capaz en el resto del día y medio que pasaríamos ahí de decir la-bas-ri-tas sin sonar estúpida.

Tuvimos que cruzar las vías del tren y miles de calles (nos perdimos un poco) para llegar al hostal que teníamos reservado. Y aquí inauguré la maldición que al menos a la Tríada (Fer, Pablo y yo) la perseguiría durante el resto del viaje: perder pertenencias por los países Bálticos. Clara me llamó al móvil, no sonaba en mi bolso, pensé: lo perdí en el bus. Ahora mismo no sé muy bien porque me preocupé, y sobre todo me desesperé tanto, si es tan barato y si no es mi móvil de siempre sino uno provisional mientras vivo en otro país. Supongo que era porque estaba lejos y de viaje y me parecía necesario. Había otras razones, es cierto. Pero aún así no deja de ser sólo un móvil. Quizás también era rabia por perder ALGO. DE NUEVO.  Puedo llamarlo desapego a lo material, despiste o estupidez.

Volví a llamar a mi propio móvil, y me atendió el conductor del bus. Hablamos en polaco (por decir hablamos). Y aquí viene el craso error: acordamos encontrarnos en 21 horas en la estación de buses. A mí me sonó extraño durante todo el día que me hubiese dicho 21 y no 24 horas. Lo que no se me ocurrió pensar fue que en polaco, para referirse a las horas se usa el horario militar: 13 horas, 14 horas…21 HORAS. No le di más vueltas, llegamos al hostal y cada uno de nosotros le dio una bolsa enorme de ropa sucia a la señora para hacer la colada de los días anteriores. Ya era hora.

Y aquí vino otro craso error, pero de eso hablaré más tarde. Nos fuimos a recorrer la ciudad y a medida que nos adentrábamos en callecitas y llegábamos a plazas, iglesias, edificios imponentes (?) empezábamos a pensar: esto no es tan bonito como en las fotos. Esto no es para nada bonito. And so on. Además, la guía Lonely Planet exageraba un montón acerca de la ciudad, pintándola preciosa y con un montón de lugares por descubrir. Todo ésto, sumado a un problema que no habíamos tenido en cuenta antes con el regreso de Clara a Gdansk, hizo que modificásemos nuestro tiempo de estancia en Vilnius: decidimos ver el resto de la ciudad por la mañana, pasar la tarde en el castillo de Trakai y coger el bus de la mañana siguiente a Riga. Definitivamente, la capital no merece más de un día, al menos en mi opinión.

Comimos de supermercado en la estación de trenes, dejando un considerable desastre de migas en el suelo. Bueno. En el tren a Trakai pensamos en ponernos todos nuestros auriculares y música, y de repente el craso error de la mañana con la lavandería se materializó: Pablito se dio cuenta de que había dejado el iPod en la sudadera que había metido en la bolsa de la colada. Y era un iPod shuffle nuevecito y bonito.

Trakai me pareció pintoresco, con algunas casitas de madera pintadas de colores alegres. No es increíblemente bonito, ni pasaría una larga temporada, pero parecía tranquilo, agradable. Se estaba bien al sol. No entramos al castillo, sólo Pablo. Castillo que por cierto parecía, una vez más, mas grande en fotos que en la realidad. Nos quedamos al sol elucubrando cosas y yo me comí una barrita de cereales.

Compramos un par de cervezas para la noche, habíamos visto que el hostal tenía un saloncito que parecía cómodo y una terraza. Para la cena nos dividimos, algunos McDonalds, otros supermercado, and so on. Vilnius no es nada caro. Después de cenar y antes de jugar a las cartas para demostrar lo mala que soy en los juegos de azar, miré el móvil de Clara, sólo por ver si había alguna señal. Había una: llamada perdida de mi móvil a LAS 21 HORAS. Ninguno de nosotros lo entendió en ese momento. Llamé al conductor y a los 30 segundos mi teléfono se quedó sin batería (pero la historia continuaría).

La otra sorpresa de la noche fue el iPod de Pablo: ¡funcionaba! La secadora debió de secar todo por dentro, tanto el iPod como los auriculares, y cargaba la batería tranquilo en el ordenador.

A la mañana siguiente, Fer y yo nos despertamos como campeones a las 6 de la mañana para estar en la estación a las 7, esperando al bus que venía desde Gdansk (supuestamente ahí estaba mi conductor salvador con mi móvil). Llegamos a las 6.50, esperamos hasta las 7.30 y caímos en la cuenta de lo que dije antes: se refería a las 21 horas, por eso me había llamado. He aquí una foto de cómo matamos el tiempo, salgo digna de Vilnius, lo achacaré al madrugón y a que ya empezaba el sexto día de viaje.

Desayunamos juntos (Fer y yo dos veces, y diciendo por supuesto la-bas-ri-ta) y cogimos nuestro bus a Riga, menos de 5 horas y nada incómodo. Además, el baño totalmente de lux. Riga, otra cosa. Vilnius quedaría en el olvido.

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We had to be there and we liked it: Olsztyn.

Olsztyn era la parada improvisada porque nunca había entrado en nuestros planes, a pesar de que es el hogar de mi ex compañera de piso, Paula Zalewska, y por lo tanto yo sabía ya que era una ciudad pequeña y digna de visita. El plan original era ir desde Gdansk a Vilnius, Lituania (creo en la cultura general de la gente siempre, que conste), pero losbuses no circulaban en domingo. Mala suerte (o no, como veríamos luego). Pensamos incluso en alquilar un coche, pero o estaba cerrado o no era viable, no recuerdo.

Llegamos a Olsztyn después de tres horas de tren bastante aceptables. Entramos un poco en pánico, ya ni recuerdo porqué, pero sólo unos minutos. El hostal también fue improvisado, en pleno centro. Típico hotel de pueblo. Es de sobra conocido el concepto hotel de pueblo: habitaciones austeras pero limpias, recepción creepy con señor creepy que te atiende casi siempre muy amablemente, jamás servicio de desayuno, siempre televisión en la habitación. Mantas viejas y con olor a detergente barato. Si estás cansado puedes dormir horas en ese tipo de habitaciones.

La guía Lonely decía que la zona vieja se veía mejor de noche, así que muy bien, buena suerte. De todas formas, a mí me pareció que se veía mejor de día. Cenamos aproximadamnte quince kilos de fajitas cada uno, y al día siguiente, como quien no quiere la cosa, turismo por Olsztyn. Una cosa que me parece resaltable, la amabilidad de la gente. Todos sonreían mucho, además. (Dicho asíqueda un poco raro, pero es cierto).

Vimos castillos, zonas viejas, el tiempo acompañaba así que comimos de picnic (nada de respirando aire fresco, mirando hacia una avenida enorme donde pasaban camiones y nos contaminaban, pero por lo menos aire libre), y nos fuimos a pasear por los lagos. Preciosos. El amable señor del hostal, con el que nos habíamos entendido en alemán (Pablo) y polaco (no hablaba ni una palabra de inglés) nos había dejado guardar las mochilas en recepción todo el día, así que volvimos a la zona vieja a recogerlas y cenar cerca de la estación de buses, donde a las 22.20 salía nuestro bus nocturno a Vilnius.

El bus llegó retrasado y no había absolutamente nadie en la estación, con lo cual se produjo el segundo momento de pánico y risa nerviosa. Al final llegó y entendimos porqué iba con retraso: en cada parada se bajaba el conductor a fumar tranquilamente (y Fer apuntó que probablemente algunos a hacer cruising). De todas formas probablemente estuviese todo planeado porque llegamos a tiempo a Vilnius, ciudad que era “digna de Vilnius”. Ya lo explicaré.

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Oh Gdańsk, how beautiful you are.

Estoy en Riga escribiendo este post sobre Gdansk, donde estuvimos hace ya unos cuantos días, me da pereza pensar cuántos. Cuando abres el ordenador de Pablo, la imagen para iniciar sesión es una playa bonita con olas blanquitas. Nada cutre romántico de Windows, solo unas olas. Yo me he quedado mirándola un rato. No está haciendo mal tiempo en este viaje, pero a veces se intercala un viento bastante desagradable, y si estoy a la sombra estoy de mala suerte. Me quedé mirándola pensando cosas e incluso me permití ponerme un poco tristona, cosa que no es fácil ni permisible en los viajes , aunque ya me pasó hoy en el bus hacia aquí escuchando a Klub 8.  Pero voy ya a hablar de Gdansk.

Llegamos después del tren de la muerte, y nunca mejor dicho. Cenamos bien, compramos agua, barritas, chocolate, manzanas (que tiene vitaminas, sacian y te mantiene despierto) para el camino, Sara se descargó el Trivial para el iPhone para no aburrirnos, nos pusimos cómodos con el pijama, incluso Pablo tenía su antifaz. Pero todo eso no fue suficiente para 8 horas en un tren de compartimientos. Desde ahí no dejé de estar cansada. Cuando de madrugada Sara, Fer y yo fuimos juntos al baño y vi a gente durmiendo sentada en el pasillo, me pareció increíble. El tren hacía ruido, se movía de forma espantosa y ellos dormían ahí, sentados como podían, hasta Gdansk, porque no habían encontrado asientos libres. Increíble.

En la ciudad el clima era buenísimo a pesar de que yo había pensado que iba a ser terriblemente húmedo. Evidentemente encontramos todo cerrado, porque a pesar de ser sábado, llegamos tempranísimo. Ni siquiera había gente yendo a misa (eso lo encontraría yo el domingo). Desayunamos en el hostal huevos, tostadas y té y  ellos empezaron ya a recorrer la ciudad. Yo decidí dormir una siesta porque horas más tarde llegaba Clara desde Dinamarca y quería estar en condiciones para dar una vuelta con ella.

Después de vueltas, siestas, duchas, comidas y llegada de Clara, ya había decidido que me gustaba mucho y que casi estaba un poco enamorada de la ciudad a pesar de mi todavía agotamiento y de lo poco que la había visto. Es que simplemente no se parece en nada al resto de Polonia, es curiosa, pintoresca, parece pequeña y aunque no se parezca sigue siendo polaca. Al mismo tiempo había ambiente, una heladería llamada Soprano, otra Ferber, estaba de buen humor, acababa de llegar mi amiga, íbamos a salir de noche. No lo sé, todo influyó, pero me enamoró.

También, como dato, la Corte del Rey Arturo y abundantes placas y estatuillas y panfletos sobre Copérnico (en esto sí que era evidente la similitud con el resto de Polonia).  Nuestra noche en Gdansk se resume en La Dolce Vita. Los que más aguantamos, en contra de todas mis predicciones, fuimos Clara, Fer y yo.

A la mañana siguiente, Gdansk, en domingo, estaba aún más silencioso, y eso fue lo que me terminó de enamorar. Verla en sábado llena de bullicio, de parejas, hablando y caminando haciéndose fotos y comiendo y bebiéndose cervecitas; y de repente, el mismo escenario horas después junto al canal totalmente desierto, en calma, casi sólo yo caminando pensando en absolutamente nada y mirando la grande Czarna Perla, anclada, fue gracioso (solté una carcajada) y hermoso al mismo tiempo. Hice pocas fotos, a mi parecer, también porque estuve poco tiempo. Y las ganas de volver me parecen enormes, callejear más y que haga aún mejor tiempo, ir a Tania Odziez, ver el puerto, comer salmón, comer sushi en 7-7 Sushi, ver Sopot y Gdynia, tomar un barquito a algún lado y volver sólo por hacer alguna excursión, ver un par de museos.

Caminé despacito, desayunamos tranquilitos la mermelada, el queso y la mantequilla rica, y nos despedimos de Sara en la estación que volvía a Cracovia. Nosotros tomamos un tren que nos llevó a la siguiente parada, improvisada, por cierto: Olsztyn.

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